La Orden de la Santísima Trinidad y los cautivos

Santos trinitarios

Santos de nuestra Orden

San Juan de Mata

Juan de Matha nació el 24 de junio de 1154 (o 1160) en un pequeño pueblo de los Alpes franceses llamado Faucon de Barcelonnette. Procedente de una familia vasalla de los condes de Barcelona, recibió una educación clásica en el colegio de Aix-en-Provence, Marsella y finalmente París, el centro intelectual de toda la cristiandad. Allí obtuvo el título de Doctor en Teología y enseñó en la Escuela de la Catedral, de ahí el título de «Maestro Teólogo». Profundamente religioso y piadoso, quiso dedicarse por entero a Dios y a su servicio, pidiendo una señal que le indicara el camino. Ordenado sacerdote por Maurice de Sully, obispo de París y constructor de Notre Dame, celebró su primera misa el 28 de enero de 1193.

En el momento de la consagración, Juan recibió la respuesta tan esperada. Un escritor anónimo del siglo XIII relata así el acontecimiento: «Llegado el día de su primera misa, rogó al obispo de París, al abad de San Víctor y a su maestro Prevostine que asistieran a la celebración. Todos los grandes de París estuvieron también presentes en la ceremonia. Durante la celebración de la eucaristía, en el momento de la consagración, suplicó de nuevo al Señor que tuviera a bien decirle en qué orden religiosa debía ingresar para su salvación. Al levantar los ojos al cielo, vio la gloria de Dios y al Señor que sostenía en sus manos a dos hombres con cadenas en los pies; de los dos, uno era negro y deforme, el otro blanco y demacrado».

Este texto describe bien la inspiración que le llevó a abandonar la universidad para fundar una nueva orden. Juan de Matha hizo representar esta visión en un mosaico que aún existe en el portal del hospital romano de Santo Tomás in Formis. Muchos contemporáneos corroboraron la creencia común de la acción divina en la creación de la orden y el propio papa Inocencio III la confirmó. Así pues, los trinitarios siempre serán conscientes de que su Orden fue fundada por una intervención directa y personal de Dios.

Juan se unió a un grupo de ermitaños en el bosque de Cerfroid, a 70 km al noreste de París. Lejos del ruido de la capital, compartiendo sus vidas y entusiasmados con el proyecto de fundación, estos anacoretas ofrecieron su persona y sus bienes para formar el primer núcleo de la futura comunidad. El ideal religioso y apostólico de Juan de Matha atrajo también a benefactores sensibles al sufrimiento de los prisioneros cristianos. La condesa Marguerite de Blois, le ofreció una primera domus en las tierras de Cerfroid, Robert de Planels le confió una iglesia y Maria Panateria le dio una residencia.

Deseoso de obtener la confirmación eclesiástica de su plan, Juan de Matha viajó a Roma. Inocencio III, profundamente preocupado por la suerte de los prisioneros cristianos, le envió de vuelta a París para obtener más información, ofreciéndole su protección (16 de mayo de 1198). En París, Juan perfeccionó la regla de vida redactada con sus primeros compañeros. Este texto debía expresar la experiencia espiritual y apostólica de la Orden, su misión, su vocación, su fisonomía, su espíritu y su estilo evangélico. Tras realizar las correcciones necesarias, el documento fue dirigido al Vicario de Cristo. Juan acudió entonces por segunda vez a Roma, donde Inocencio III reconoció que la propuesta de Juan estaba fundada en Cristo y que él y sus hermanos sólo buscaban «el interés de Cristo». El pontífice aprobó la regla y la Orden de la Santísima Trinidad y de los Cautivos, que así podría asociar a los laicos a la misión de la Orden. El 8 de marzo de 1199, Inocencio III envió una carta de recomendación a Miramolino, rey de Marruecos, en la que elogiaba a los trinitarios y sus obras.

Así, inmediatamente después de su reconocimiento, la Orden organizó una expedición de redención. Es muy probable que el propio fundador viajara a la tierra del Islam para realizar este primer viaje de redención de prisioneros cristianos. De paso por Marsella, Juan fundó allí una casa. La ciudad serviría de puerto de embarque para los redimidos y de puerto de desembarque para muchos cristianos redimidos, simbolizando la libertad y la patria recobradas para miles de hombres arrancados de la cárcel. A continuación, Juan viajó a Arlés, Aragón, donde un tal Pedro de Belvis le ofreció una torre y tierras. Obtuvo cartas de señores locales como el conde Guillaume, príncipe de Orange, Hugues y Raymond de Baux, que le garantizaban inmunidad señorial y la protección de bienes y religiosos. Lejos de contentarse con esto, en 1203 Juan volvió a pedir al papa que extendiera su protección a las nuevas fundaciones. Durante las disputas, Juan siempre se mostró como una persona que buscaba la conciliación incluso a costa de renunciar a sus legítimos derechos. Continuó su labor de fundar casas por toda España (Toledo, Segovia, Burgos…).

De vuelta en Roma, Juan pidió por última vez al papa que protegiera todas las propiedades de la Orden. Éste le ofreció la posesión perpetua del hospital de San Tommaso in Formis en Roma con sus propiedades anexas. Juan estableció allí su residencia, llevando así el título oficial de «ministro de San Tommaso in Formis». Una tradición cuenta que el Poverello de Asís habría sido acogido en este hospital y habría conocido a Giovanni de Matha. Este último vivió sus últimos años en Roma y murió el 17 de diciembre de 1213. Su cuerpo descansaba en San Tommaso in Formis; en la noche del 19 al 20 de marzo de 1655 fue robado y llevado a Madrid. Su culto inmemorial fue reconocido y confirmado por Alejandro VII. Actualmente, sus reliquias se encuentran en la iglesia de nueva construcción que lleva su nombre en Salamanca (España).

Escrito por Fr. Thierry Knecht

San Félix de Valois

Juan de Matha tuvo que reunir a varios colaboradores para la fundación de su Orden. Documentos de la época nombran a algunos de ellos como Félix, ministro de Marsella, Bonifacio, Osberto, Matías, Vitale… Una tradición secular asignó un papel esencial a los ermitaños de Cerfroid y especialmente a su líder, un tal Félix de Valois, que se ganó el título de cofundador.

Nacido en Amiens el 9 de abril de 1127, recibió el nombre de Hugo. Hijo de Raúl I de Vermandois y de Leonor de Champaña, pertenecía a la línea de los Valois. Educado por Bernardo de Claraval, participó en la Segunda Cruzada. A su regreso, renunció a sus títulos y a todos los privilegios y se retiró al desierto de Cerfroid. Para expresar este cambio de vida, adoptó el nombre de Félix. Conoció a Juan de Matha y ofreció con entusiasmo su persona y sus posesiones al proyecto trinitario. Durante una conversación con Juan de Matha cerca de un manantial, se encontraron con un ciervo que llevaba una cruz roja y azul entre sus astas, idéntica a la que Juan vio durante su primera misa. Acompañó a Juan a Roma para obtener la aprobación de la Orden. A su regreso de la primera expedición de redención, en la primavera de 1199, Juan se hizo cargo de la expansión de la Orden en Europa y Felice de la administración interna y, sobre todo, de la formación espiritual de los candidatos. De 1200 a 1208, fue ministro en Marsella y, sintiendo acercarse su fin, decidió regresar a Cerfroid. Fue en la noche del 7 al 8 de septiembre de 1212, fiesta de la Natividad de la Virgen, cuando fue bendecido por una aparición de la Virgen y el coro celestial que cantaba el oficio. Murió el 4 de noviembre y probablemente fue enterrado en Cerfroid.

Algunos autores intentan negar su existencia, otros por el contrario exageran la historia legendaria. No podemos presentar ni siquiera en unas líneas todos los argumentos de los diferentes bandos, pero silenciar la figura de Félix de Valois en la historia y sobre todo en la espiritualidad de nuestra familia religiosa no sería digno de un espíritu crítico e histórico. Generaciones enteras de trinitarios, y en primera línea, nuestro reformador, Juan Bautista de la Concepción, reconocieron en este religioso la dimensión contemplativa de la Orden.

Debemos reconocer humildemente que la documentación que prueba la existencia y el culto de la Orden es bastante débil. Pero el silencio de los documentos, o la falta de ellos, no puede en ningún caso servir de prueba a sus detractores. La tradición ha realizado su trabajo ayudada por la hagiografía popular sobre todo a partir del siglo XV. Nos ha legado una figura que puede ser embellecida, pero que expresa maravillosamente la necesidad de Dios del apóstol para su misión, el redentor para la redención de sus hermanos. Destruir los relatos legendarios construidos en torno a Félix de Valois, como tantos otros santos, es ciertamente fácil e incluso infantil, pero no se puede negar ni su influencia en la espiritualidad de generaciones enteras de religiosos y laicos, ni su existencia de forma científica.

Su culto inmemorial fue reconocido por Alejandro VII y se celebra hoy, 4 de noviembre.

Escrito por Fr. Thierry Knecht

San Juan Bautista de la Concepción

San Juan Bautista de la Concepción ha pasado a la historia como el reformador de la Orden de la Santísima Trinidad y de los esclavos. Por sus escritos figura entre los grandes místicos del Siglo de Oro español. Nació en el seno de una familia de ocho hijos en Almodóvar del Campo (Ciudad Real) el 10 de julio de 1561. Su padre, Marcos García Xijón, estaba emparentado con San Juan de Ávila. Su madre se llamaba Isabel López Rico. En su adolescencia asistió a las Carmelitas Descalzas de Almodóvar, cuyo hábito deseaba vestir. Pero sus deseos no se cumplieron, ni siquiera con la aprobación de su familia y la aceptación de las Carmelitas.

En junio de 1576, conoció a Santa Teresa de Jesús en su pueblo, visitando a las carmelitas, que se alojaban en la casa de su familia. Leyó entonces con interés los libros de la santa, a los que se remitió con devoción filial. Estudió filosofía durante dos años en las universidades de Baeza y Toledo. A los 19 años vistió el hábito trinitario en Toledo, momento en el que tomó el nombre de Juan Bautista Rico. Cuando hizo su profesión religiosa (29 de junio de 1581), abrazó el programa de vida de los trinitarios de la antigua observancia. Hizo cuatro años de teología en la famosa Universidad de Alcalá de Henares, al término de los cuales fue ordenado sacerdote (1585). A partir de entonces, pasó 16 años, sin intención de reformarse, desempeñando el ministerio de la predicación como predicador oficial de varios conventos (La Guardia, Membrilla, Sevilla) con gran fruto para sus oyentes. Durante sus años en Sevilla (1594-1596) gozó de gran estima en el convento y fuera de él. Poseía una excelente formación filosófico-teológica y admirables cualidades morales y humanas que le valieron el reconocimiento como «el teólogo» y como uno de los mejores predicadores de la Orden Trinitaria. Su conciencia y la voz de sus superiores y hermanos le aseguraban que ése era el apostolado que Dios le pedía.

Los trinitarios, aunque aceptaron las directrices de reforma del Concilio de Trento, se mostraron reacios a establecer una reforma radical en la Orden, como hizo Santa Teresa con los carmelitas. Sólo más tarde (1594) las provincias españolas, bajo la presión del rey Felipe II, decretaron el establecimiento de algunas casas de recolección con estilos de vida más austeros. La primera casa de recogimiento se fundó en Valdepeñas. Juan Bautista de la Concepción, aunque contento con esta medida de reforma, se negó a abrazarla debido a su mala salud y a su desconfianza ante la actitud inoperante de sus superiores. En Sevilla, donde destacó como predicador oficial del convento, puso a prueba sus fuerzas y excluyó para sí el rigor de la Reforma. En enero de 1596, en la fiesta de Santa Inés, patrona de la Orden, surgió en su corazón y en su mente el primer deseo de recogimiento, «pero -reconoce- lo resistí claramente».

Tuvo que intervenir Dios con una gracia extraordinaria para hacerle cambiar de vida y empujarle a entrar en la casa de los recoletos de Valdepeñas (febrero de 1596). Un día en que el joven predicador abandonaba Sevilla por razones muy humanas, la voluntad irrevocable de Dios se le manifestó bajo el signo de una furiosa tormenta. Fue entonces cuando, así acorralado, tuvo que decidirse de una vez por todas. Y se rindió a la voluntad de Dios: ‘Señor’, dijo, ‘me reformaré en Valdepeñas’. Y lo hizo con plena conciencia y con todo su ser: ‘La tormenta ha pasado y yo me quedo con un voto y una obligación y un deseo y una voluntad’. Fue un fiat incondicional e irrevocable. Llegó a Valdepeñas (26 de febrero de 1596) «para descalzarse de verdad» y abrazar la Regla Primitiva en toda su radicalidad. Como ministro de la casa (mayo de 1596-verano de 1597), dirigió sus esfuerzos a dotar a la comunidad de una sólida base espiritual. Insistió en una vida de pobreza, humildad, penitencia y fraternidad.

Al verse abandonado por sus superiores, enemigos de la reforma, emprendió el viaje a Roma en octubre de 1597, con un objetivo fundamental: pedir la confirmación de la Regla Primitiva, es decir, la aprobación de un modelo de vida conforme a la Regla de San Juan de Matha. Durante su estancia en Roma (1598-1599) completó el refinamiento de su espíritu según los designios de Dios. Allí, mientras esperaba el veredicto papal y habiendo llegado al punto de abandonar el proyecto de reforma e incluso el hábito trinitario debido a dolorosos reveses, persecuciones, hostilidad, desánimo, ataques del maligno y conflictos espirituales, fue en ese angustioso momento cuando Dios le pidió su opción personal entre la vida retirada de un convento carmelita y la continuación de su trabajo por la reforma. Finalmente, el 20 de agosto de 1599, Clemente VIII promulgó el breve Ad militantis Ecclesiae regimen, con el que erigió la «Congregación de los Hermanos Reformados y Descalzos de la Orden de la Santísima Trinidad», comprometida con la fiel observancia de la Regla Primitiva. En el escrito que narra el itinerario del proceso de reforma, insiste en que la reforma trinitaria es obra exclusiva de Dios.

En la fiesta de la Inmaculada de 1599, Juan Bautista, ya en Valdepeñas, rindió obediencia al delegado papal, el carmelita Elías de San Martín, autoridad superior de las Trinitarias Descalzas hasta contar con ocho casas, y tomó su nuevo nombre religioso: «de la Concepción». Desde su profesión reformada el 18 de diciembre de 1600 en la casa de Valdepeñas, se dedicó a la fundación de nuevos conventos, consiguiendo el octavo en Valladolid, con el que ya se podía establecer una provincia independiente. Así, el capítulo celebrado en Valladolid (8-11-1605) le eligió ministro provincial. Por esas mismas fechas, tuvo sus primeros contactos con el duque de Lerma, que sería su protector secular a partir de entonces, consiguiendo también el apoyo de Felipe III. Durante su trienio como ministro provincial (1605-1608), al tiempo que defendía la Reforma de numerosos ataques, continuó la obra fundacional. La cruz griega, de forma rectangular, que impuso en su hábito descalzo le valió un juicio en la nunciatura, que terminó con una sentencia a su favor.

Promovió personalmente la fundación de 16 conventos, de un total de 18 (incluido uno en Roma). En 1612 apoyó la creación de la primera comunidad de monjas trinitarias descalzas en Madrid. En el convento trinitario de Córdoba, fundado por él, murió el 14 de febrero de 1613. Sus restos sagrados se veneran en este convento. Fue beatificada por Pío VII el 26 de septiembre de 1819 y canonizada por Pablo VI el 25 de mayo de 1975.

Nos legó una rica producción literaria, reflejo en gran medida de su elevada experiencia espiritual, en la línea de Santa Teresa de Jesús y otros grandes místicos de su época. Es asceta y místico, predicador popular y teólogo, reformador y maestro del espíritu. Así, sus libros reflejan esa variedad de facetas vitales en un cuerpo literario original. Para conocer su experiencia en la vanguardia de la Reforma Trinitaria, es indispensable leer su primer escrito: Memoria de los orígenes de la descalces trinitaria.

Escrito por el P. Juan Pujana

SAN SIMON DE ROJAS

El Padre «Ave María» al servicio de los pobres (1552-1624)

La importancia eclesial y social del trinitario San Simón de Rojas en su época y para la historia de la Iglesia es excepcional. Fue un protagonista indiscutible en el panorama religioso, cultural e incluso político entre los siglos XVI y XVII. Amigo y consejero de los reyes españoles Felipe III y Felipe IV, así como de la reina Margarita de Austria, confesor de la reina Isabel de Borbón y de la princesa Ana de Austria -más tarde reina de Francia y madre del Rey Sol-, maestro de los príncipes don Carlos y don Fernando, el padre Rojas fue estimado por los grandes de la corte de Madrid y ocupó un lugar destacado del que se negó a sacar ninguna ventaja mundana. El padre Simone fue siempre el fraile más pobre del convento de la Santísima Trinidad de Madrid, rehusó el uso de la carroza real a la que tenía derecho, caminaba a pie, siempre rodeado de los niños pobres de la calle que tanto le querían, entre otras cosas porque gastaba gran parte de las ofrendas que le daban los grandes señores en pan y manjares para ellos.

La espiritualidad y el apostolado de San Simón están marcados por dos características: el culto a María y el servicio a los pobres. Su exuberante devoción mariana, especialmente al Nombre de María, conoció un gran éxito cuando solicitó y obtuvo del Papa Gregorio XV la fiesta litúrgica del Nombre de María para los trinitarios y la diócesis primada de Toledo en 1622. En honor a María y para la asistencia a los pobres, San Simón fundó, en 1611, la Congregación de los Esclavos del Dulce Nombre de María, que sigue existiendo como la institución benéfica más antigua de las que hoy existen en la capital de España. La fiesta litúrgica del Santo Nombre de María, que los trinitarios siguen celebrando el 12 de septiembre de cada año, es un recuerdo de la devoción mariana del que ha sido llamado «el San Bernardo español».

San Simón hizo todo lo posible por aliviar las miserias físicas y espirituales de todo tipo de pobres, prostitutas, bebés abandonados, enfermos, mendigos, esclavos cristianos en Argelia, soldados mutilados, sacerdotes ancianos que vivían miserablemente… Todos los martes visitaba a los presos de la cárcel cercana a la Plaza Mayor de Madrid, mientras que los lunes y los viernes acudía a los hospitales para visitar a los enfermos más abandonados y llevarles ayuda. Sus personas favoritas eran los pobres. Cuando el rey Felipe IV le hizo ver que no era conveniente que el confesor de la reina saliera a la calle en compañía de los pobres, el santo le contestó tranquilamente: «Si Su Majestad quiere buscar otro confesor para la reina, hágalo tranquilamente. Porque si es verdad que los reyes y los pobres cuestan a Cristo la misma sangre, si tengo que elegir, prefiero estar con los pobres. En aquella ocasión Felipe IV dijo estas palabras a Isabel de Borbón, que han quedado grabadas en la historia: «Si hubiera en mis reinos un hombre más santo que el padre Rojas le nombraría vuestro confesor, pero no lo encuentro». Cuando la Reina obligó a su confesor a acompañarla al Palacio de Aranjuez durante el verano, San Simón pasaba con un saco en la mano durante las comidas reales, recogiendo diversos manjares de las mesas donde estaban sentados los grandes de la Corte; lo cargaba todo en unos burros y se dirigía a la cercana localidad de Ocaña, repartiendo todas esas bondades entre los presos de la cárcel de allí.

Luchó contra la trata de seres humanos. Aprovechando su condición de confesor de la reina, creó una red de protección para las chicas que querían abandonar la prostitución. Primero las reunía en una iglesia para un sermón, donde las invitaba a cambiar de vida, ofreciéndoles garantías para su seguridad frente a los mafiosos que se enriquecían con la prostitución. Las chicas que daban un paso al frente eran distribuidas en casas de personas de confianza de San Simón; a muchas de ellas se les encontraba un alojamiento digno, un trabajo -pasado en el servicio doméstico- e incluso un novio. El Santo también se ocupó de muchos niños abandonados por padres pobres, buscando personas e instituciones que los acogieran y ofreciéndoles sumas de dinero para ayudarles en sus necesidades.

San Simón murió el 29 de septiembre de 1624 en su convento de la Santísima Trinidad «de los metidos con calzador» en Madrid. Fue pintado, muerto, por Velázquez, y por otros pintores entre los mejores de la época. Gozó de una extraordinaria fama de santidad en vida, fama que se acrecentó tras su muerte, debido a las numerosas gracias y milagros con que Dios confirmó su santidad de vida.

Cuando el P. Rojas fue canonizado en 1988 por el Papa Juan Pablo II, el entonces Ministro General de la Orden, el P. José Gamarra, describió a San Simón como «el trinitario completo». Su vida representa la encarnación del carisma trinitario en la concreción de la vida cotidiana y las circunstancias extraordinarias en las que transcurrió su vida.

Su fiesta litúrgica cae el 28 de septiembre. Su cuerpo estuvo en la Capilla del Ave María, en Madrid, hasta 1936, cuando se perdió tras la profanación de esta capilla durante la persecución que sufrió la Iglesia española en aquella época. Parte de su cuerpo permanece en la Catedral de Valladolid, erigida en el solar de la casa natal de San Simón de Rojas.

Escrito por Fr. Pedro Aliaga Asensio

San Miguel de los Santos

Patrono de la Juventud Trinitaria

“Todo lo que Cristo toca se vuelve joven, se hace nuevo, se llena de vida” (Papa Francisco, Christus vivit, 1) es cuanto podemos constatar en la vida del Patrón de la Juventud Trinitaria, San Miguel de los Santos (1591-1625). Al momento del Bautismo de San Miguel de los Santos, su padre Enrique Argimir anotó en el cuaderno de familia: “El 29 de septiembre, fiesta del glorioso Arcángel San Miguel, el año 1591, Monserrat Mitjana, mi esposa, ha dado a la luz un hijo. En la fuente bautismal ha recibido los nombres de Miguel, José, Jerónimo. Que Dios lo haga un buen cristiano, para su honor y gloria”.

Había quedado huérfano de madre a los 4 años y de padre a los 11 años. Su padre, notario y alcalde de Vich. viendo las cualidades de Miguel lo quiso desde muy niño aplicado a los estudios. Su profesor de latín lo recuerda jovial y con ascendencia entre sus coetáneos, y afirma que Miguel le ayudaba a enseñar el latín a los más retrasados. “Cuando tenía ocho años –dice uno de sus amigos- nos enfervorizó para ir al Montseny a vivir como los eremitas”.

Miguel soñaba con ser religioso, y ante la persistente negativa de sus tutores y hermanos mayores, maduró un plan de huida de Vich a Barcelona. En agosto del 1603 realiza su plan y se presenta en la Iglesia de los Trinitarios. En el 1607, durante su noviciado en Zaragoza vino a hospedarse en el convento el trinitario descalzo Fr. Manuel de la Cruz, que venía para su ordenación sacerdotal. A partir de entonces comenzó a implorar el permiso de pasar a la Reforma.

Sabemos que nuestro Santo manifestó durante toda su vida un sentido profundo de gratitud hacia quienes lo habían acogido e iniciado en la vida religiosa. Su compañero Fr. Diego de la Madre de Dios escribió su vida en las Crónicas de la Descalcez: “En los seis años que estudió en las Universidades de Baeza y Salamanca, era asombro y prodigio de santidad, juntando con destreza la vida activa y contemplativa”. Cuando se le preguntaba el por qué pasaba tanto tiempo delante de Jesús Sacramentado, San Miguel de los Santos solía repetir: “Es que me tiene encadenado”. Desde muy joven se manifestaron en él fenómenos místicos, uno de los más señalados hace referencia al trueque de corazones con el Corazón de Jesús, nuestro Santo era muy devoto de Santa Catalina de Siena.

En Baeza, siendo estudiante de filosofía en esa Universidad, pasó por una prueba especial, al haberle levantado una falsa acusación, -no sabemos en qué consistió-, que hizo que fuera condenado a la cárcel del convento durante un tiempo. El P. Matías, que lo visitaba diariamente, no le notó ningún tipo de depresión. Al contrario, lo hallaba siempre de buen ánimo. “Aquí –decía- puedo dedicar todo el tiempo a la oración”. A los encargados de indagar sobre lo que se le acusaba solía responder: “Si Dios me abandona soy capaz de cosas peores”. Al final se descubrió su total inocencia. Y los calumniadores, conmovidos por la caridad de Fr. Miguel de los Santos, que devolvía bien por mal, cambiaron de vida.

No sólo era piadoso e inteligente, era también ingenioso para inventarse nuevos modos de apostolado que llegaran al corazón. Siendo estudiante en la Universidad de Salamanca, durante la oración, le vino la idea de hacer penitencia en la plaza pública, en tiempo de carnaval.

Ganó a esta idea a varios religiosos, entre ellos al P. Marcos, fervoroso predicador. Precedida de un gran Crucifijo, se formó la comitiva, compuesta por seis religiosos en hábito de penitentes, que se flagelaban llevando en la cabeza una corona de espinas. Llegados a la plaza de San Juan, el P. Marcos se subió a una banqueta y comenzó a arengar a la multitud que festejaba vestida con los atuendos más extraños. En esto que San Miguel de los Santos da un formidable grito y se va hacia el Crucifijo, quedando suspendido en éxtasis. La conmoción corrió entre aquella multitud de jóvenes estudiantes. La orgía del carnaval se transformó en una procesión de penitencia hacia la iglesia del convento trinitario descalzo. Desde entonces le pusieron el apodo “Fr. Miguel, el cazador de almas”.

Era muy afable y, sobre todo, no le gustaba ver a nadie triste. Solía decir: “Debemos servir a Dios con alegría. La tristeza causa muchos daños al cuerpo y al alma”. Dice un testigo: “La alegría y apacibilidad continua de su rostro era un sobre escrito de lo que pasaba en su corazón, de su sed ardiente de Dios”. Cuentan los testigos para la Causa de Canonización cómo se las ingeniaba para descubrir personas pobres y solas a las cuales socorría con toda discreción llevándoles alimentos bajo su capa recoleta.

Expiró plácidamente a la edad de Cristo, más que de enfermedad, moría consumido por el amor que ardía en su corazón. Valladolid, 10 de abril de 1625. En su Tratado de la Tranquilidad del Alma nos dejó trazado el camino para ser santos, es el mismo camino que él hizo vida. Sus escritos místicos que nos dan las señales luminosas del camino para la identificación con Cristo son tenidos por los expertos en grande valor, al estilo de los maravillosos escritos de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa de Jesús.

El milagro para su canonización lo recibió un joven hermano laico trinitario conventual de Santa María alle Fornaci. Este joven trinitario se dedicó en cuerpo y alma para ver canonizado a San Miguel de los Santos. El Padre Antonio de la Madre de Dios partió en peregrinación por Francia y España para recoger limosnas. Llegó el día tan esperado de la canonización. El Papa Pío IX canonizaba también a los Mártires Japoneses, era el 8 junio del 1862. En la ceremonia participaron 286, entre cardenales y obispos, algo nunca visto hasta entonces en ritos similares. Las crónicas vaticanas de aquel día dan noticia de un centenar de hábitos trinitarios en la Plaza de San Pedro.

Escrito por P. Isidoro Murciego Murciego

Beatos de nuestra Orden

Beata Elisabetta Canori Mora

Nació en Roma en el seno de una familia acomodada en 1774 y murió allí en 1825. Madre de cuatro hijas, dos de las cuales murieron en la infancia, esposa traicionada, humillada y escarnecida, encontró en la oración la fuerza para tomar las riendas de la familia, cuidar de sus hijas, seguir amando a su marido infiel, asistirle en su enfermedad, protegerle cuando corría el riesgo de ser encarcelado y morir a manos de gente sin escrúpulos y, sobre todo, hizo todo lo posible por su conversión.

Isabel dejó un Diario que es una obra maestra de inestimable valor espiritual y, a propósito de su situación, escribe: "El Señor me hizo saber que no debía abandonar a estas tres almas, es decir, a sus dos hijas y a su marido, cuando a través de mí quería salvarlas".

Y se ofrece como víctima del amor por la salvación de sus hijas y de su infiel y violento marido; es consciente de que nadie se salva solo y de que Dios ha confiado a cada uno la responsabilidad de la salvación del otro para realizar su plan de amor, por eso, Isabel soporta el desprecio y el duro comportamiento de su marido y no cede a la petición de darle su aprobación para que salga con su amante.

En los Estados Pontificios existían severas penas por adulterio y Christopher, para evitarlas, intenta que Elisabeth firme una declaración, pero ella no quiere avalar de ningún modo su infidelidad. Al verse acorralado, el marido esgrime un cuchillo contra su esposa, pero su brazo queda suspendido en el aire detenido por una fuerza superior.

Isabel está dispuesta a olvidar y perdonar, pero no a avalar el adulterio de su cónyuge. Un santo crucificado es su escudo de defensa cuando, para salvar a Cristóbal y librarlo del peligro inminente de ser encarcelado por deudas, vende los objetos de valor de su dote y sus muebles para satisfacer a sus acreedores; en esa ocasión va a hablar personalmente con cada uno de ellos pidiéndoles paciencia y perdón para su marido y, sobre todo, les ruega que se contenten con lo que ella pueda dar.

La familia se ve reducida a la extrema pobreza a causa del libertinaje de su marido, por lo que ella se ve obligada a abandonar la hermosa casa e irse a vivir a casa de sus suegros.

En su nueva situación, Elisabeth hace todo lo posible por causar el menor trastorno posible, realizando los trabajos más serviles para agradecer a sus suegros y cuñadas su hospitalidad. Al mismo tiempo, intenta que su marido regrese afectivamente al hogar.

Heroicamente, Isabel también reza al Señor por la salvación de la amante de su marido.

Así comienza su camino de ascensión hacia el estado de unión con Cristo, a quien ama con todas sus fuerzas; Él será su refugio, su consuelo y su compañero, sin descuidar nunca a su familia que, huérfana de padre, también sufre por falta de sustento.

Día tras día, en presencia del Señor, en un clima de oración y recogimiento, confiando sólo en la ayuda y la asistencia de Dios, Isabel ofrece sus sufrimientos por la santidad de su familia.

Escrito por Giovanna Cossu Merendino

Beato Marcos Criado

Marcos Criado Guelamo, más conocido como el Beato Marcos Criado, vio la luz en Andújar (Jaén) el 25 de abril de 1522, y le fue arrebatada la vida violentamente por causa de su fe en el “Dulce nombre de Jesús” en La Peza (Granada), el 24 de septiembre de 1569. Profesó como Trinitario calzado (OSST), destacó por su humildad y dotes de predicador y murió mártir por el Evangelio en Las Alpujarras durante el levantamiento de Los Moriscos.

Marcos Criado nace en el seno de una familia numerosa y de profundas raíces cristianas, era el menor de sus hermanos, hijo de Juan Criado Notario, natural de Lahiguera (entonces La Higuera de Andújar), y de María o Marina Guelamo Pasillas, piadosa mujer iliturgitana. Desde muy niño frecuentó la iglesia conventual de los trinitarios de su ciudad natal.

Tras la muerte de su madre subió en peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza, en Sierra Morena, para orar por ella y encomendar su alma a Dios. Según la tradición, quedó dormido en el Santuario, escuchando a la Virgen decirle que era voluntad divina que entrara en la Orden trinitaria. Marcos Criado, se abrazó a los designios del Padre eterno y se entregó generosa y humildemente a su vocación. Hizo su noviciado en el convento de Andújar en 1535; su padre decidió también entregarse a la vida religiosa y entró en la Orden franciscana, en el convento de la Arruzafa de Córdoba.

Después de haber sido ordenado sacerdote, fue destinado sucesivamente por sus superiores a los conventos de Andújar, Jaén y Úbeda, en los cuales destacó de una manera especial por la predicación, razón por la que le confiaron el cargo de predicador mayor de dichos conventos. En Úbeda compaginó esta misión con el oficio de sacristán, labor esta, a la que se entregó en cuerpo y alma para complacer sus ansias de servicio a la comunidad desde la humildad y sencillez. En varias ocasiones renunció a cargos de mayor rango en la Orden por la alta estima que tenía a la vida de desprendimiento y sencillez evangélica.   

Sucedió que, debido a la preocupación por las insurrecciones moriscas que se sucedían en la zona de las Alpujarras granadinas, el Arzobispo de Granada, D. Pedro Guerrero, se reunió con los obispos de Almería, Guadix y Málaga que acordaron, en primera instancia, “enviar sacerdotes doctos en predicación y ejemplares en su vida cristiana a las zonas más castigadas por las sublevaciones moriscas, para que se dedicasen con ahínco, a sembrar la semilla evangélica”.

A instancias del obispo de Almería, el Ministro Provincial Trinitario de Castilla y Andalucía de visita en Úbeda, considerando la valía de Fray Marcos para la misión alpujarreña, convenció al padre Marcos Criado para que acompañara al padre Pedro de San Martín al convento de Almería, con el fin de que se ocuparan de la predicación itinerante en las zonas de significativa población morisca del sudeste español. Su compañero murió pronto, y Criado quedó solo, dedicado a la misión morisca.

La acción apostólica de Marcos Criado se dirigió a diversas poblaciones de las diócesis de Almería, Granada y Guadix. Su predicación se centró especialmente en la comarca de las Alpujarras, de gran aislamiento natural, donde los moriscos se movían con más libertad, un lugar peligroso para cualquier predicador cristiano y aun para los habitantes cristianos de la zona.

La villa de La Peza se convirtió en el centro de sus campañas misioneras donde servía de apoyo al Párroco del lugar. Se destacó por su celo en la propagación de la devoción al Dulce nombre de Jesús, y sus sermones populares cosecharon grandes éxitos en los numerosos auditorios.

En uno de sus viajes misioneros, al cruzar la Sierra de los Filabres, Marcos Criado fue apresado por un grupo de moriscos, que le dieron una gran paliza, y lo dejaron atado a un árbol durante dos días. Tras sobrevivir milagrosamente solicitó hablar con Abén Cota, caudillo de los moriscos sublevados, para negociar un acuerdo de paz que no llegó a buen fin. Fue sometido a tormento, le ataron a la cola de un caballo y le arrastraron durante un largo trecho. Fue abandonado a su suerte, pensando que moriría. Sin embargo, se recuperó de sus heridas y marchó a misionar en las comarcas del Almanzora y la Tahá de Marchena, con grandes éxitos en los pueblos de Vera y Cadiar; en esta localidad logró escapar de un grupo de moriscos que pretendían darle muerte tras un sermón.

En la noche de Navidad de 1568 se produjo un gran levantamiento de los moriscos de las Alpujarras, que cayeron sobre diversos pueblos, tanto de la comarca como de fuera de ella.

En la víspera del día de San Juan de 1569, las tropas musulmanas comandadas por Aben Homeya, deciden tomar la Peza, y en una rápida incursión por el puerto del Espique sitian la Villa haciéndose con el control de la misma. Fray Marcos y el Párroco quedaron confinados en el templo parroquial siendo vigilados en sus movimientos y en sus palabras.

Unos exaltados mahometanos dieron muerte al párroco en la puerta de la misma iglesia, los mismos que a los pocos días asaltan el templo mientras Fray Marcos se encontraba predicando al reducido número de cristianos que quedaban en el pueblo. Era el 22 de septiembre de 1569 cuando fue arrastrado desde púlpito hasta la plaza donde fue apedreado, tras haberle cubierto de bofetadas y salivazos.  A empujones, calle abajo, le llevaron hasta la fuente de Belchite, al otro lado del arroyo, donde lo ataron a una encina. Allí permaneció, cantando himnos y alabando en voz alta el nombre de Jesús, hasta el día 24, en que decidieron acabar con su vida tras negarse reiteradamente e renegar de su fe, arrancándole el corazón, sobre el que, según los testigos del hecho, se apreciaba inscrito en anagrama de Jesús: “JHS”.

De inmediato se extendió su culto conociéndosele como “el mártir de las Alpujarras”. Las gentes de La Peza lo llaman el santo Marcos. Aun, hoy en día, sigue siendo un misterio el lugar de su sepultura. La iconografía lo representa con el corazón en la mano, y en éste, grabado, el anagrama de Jesús, en memoria del prodigio que, como se ha referido, según la tradición, ocurrió en el momento del martirio. Reunidas las pruebas de su culto inmemorial por el padre Antonino de la Asunción, postulador general de los trinitarios descalzos, León XIII lo beatificó el 24 de julio de 1899. Su memoria litúrgica se celebra entre los trinitarios y en las diócesis españolas de Albacete, Almería, Guadix-Baza y Jaén cada 24 de septiembre. Modelo de conciudadano y ejemplo perenne, para las generaciones futuras, de valores humanos y espirituales arraigados en su profunda fe en Dios Trinidad.

Escritto por Andrés Borrego Toledano

Beata Ana María Taigi

Nació en Siena en 1769 en el seno de una familia acomodada y murió muy pobre en Roma en 1837. A los veinte años se casa con Domenico Taigi, un criado de la familia Chigi; son pobres, su marido sólo gana seis paoli al mes, pero la pobreza no es un obstáculo para su felicidad, porque no están solos, su matrimonio está formado por tres personas: está Jesús con ellos, está la Divina Providencia, lo que Domenico no puede darle Dios se lo ofrece en abundancia, sobre todo en dones espirituales. 

Dios tiene mil maneras de hacerse presente en el alma de una persona, de revelar que existe; Anna Maria es tocada por la gracia poco después de su matrimonio, tras un encuentro en la basílica de San Pedro del Vaticano con el padre Angelo Verardi, de los Siervos de María, que le hace renacer a una vida intensamente cristiana.

Así, se despojó de sí misma, de su egoísmo e individualismo y se dejó revestir de Dios, continuando viviendo plenamente su vocación matrimonial, con un amor entregado, altruista y abnegado.

Del matrimonio nacieron siete hijos, tres de los cuales murieron en la infancia; en aquella época, la mortalidad infantil era muy elevada, debido sobre todo a la falta de prevención y a los escasos cuidados.

Ana María acepta el sufrimiento por amor a Dios, compartiendo el dolor y el tormento que Jesús experimentó en la cruz, como un acto de amor profundo y generoso y pronto se convierte en un punto de referencia para muchas familias en dificultades, para cónyuges en crisis y para padres desorientados en la difícil tarea de educar a sus hijos.

Ana María reza y ofrece sus penitencias por el Papa, por la Iglesia y por Roma, que atraviesan momentos difíciles, y en particular por el Sumo Pontífice Pío VII, detenido con engaños por las tropas de Napoleón y conducido primero a Savona (de 1809 a 1812) y después a Francia (de 1812 a 1814); reza y anima a los fieles a tener fe en el restablecimiento de la justicia y la paz.

Ana María visita a los enfermos en hospitales y hogares, especialmente a los de los pobres, les hace la señal de la cruz en la frente, invocando a la Santísima Trinidad para obtener la gracia de la curación, y al mismo tiempo les anima a aceptar el sufrimiento por amor a Dios y les instruye en su Palabra.

Ana María, iluminada por la predicación del Evangelio, purificada por el sacramento de la penitencia, se convirtió, para quienes la conocieron, en un admirable ejemplo de virtudes evangélicas, una sabia maestra de discernimiento cristiano, una guía segura en el camino de la perfección; una testigo privilegiada de la grandeza de Dios.

Escrito por Giovanna Cossu Merendino

Beato Domingo Iturrate Zubero

Sacerdote Trinitario

 Martirologio Romano: En el convento de Belmonte, cerca de Cuenca, en España, beato Domingo del Santísimo Sacramento Iturrate, presbítero de la Orden de la Santísima Trinidad, que trabajó con todas sus fuerzas en la salvación de las almas y en fomentar la glorificación de la Trinidad († 1927).

Fecha de beatificación: 30 de Octubre de 1983 por el Papa Juan Pablo II.

Primogénito de once hermanos, Domingo Iturrate Zubero nació en Dima (Vizcaya, España) el 11 de mayo de 1901. Los padres del Beato Domingo fueron Simón Iturrate y Maria Zubero. Se caracterizaba por tener al mismo tiempo un temperamento sensible y propenso a la irritabilidad, desde niño iban despuntando en él, al calor de un buen hogar cristiano, los gérmenes de una honda piedad eucarística y mariana, así como la inclinación vocacional. Al recibir la primera comunión, con diez años de edad, se le podía considerar ya un enamorado de Cristo.

Abrazó la Orden Trinitaria en 1914 (noviciado en 1917; primeros votos en 1918). Al final del noviciado, su aspecto físico denotaba a las claras que calcaba la mano en privaciones y penitencias, pero nadie supo intuir su calvario interior. A posteriori, gracias a una posterior confidencia suya al director espiritual, se supo que de los 14 a los 17 años había sido sometido por Dios a la llamanda «noche oscura del espíritu», transida de sequedades, zozobras, angustias, con la persuación de pertenecer al «número de los réprobos y condenados». «El día de mi profesión simple -sigue su declaración- cesaron los trabajos interiores y recibí el don de la tranquilidad. Desde entonces -habla al final de su vida- mi serenidad de ánimo es habitual; la paz y la quietud interior, inalterables».

En la Universidad Gregoriana, de Roma, cursó sus estudios filosóficos y teológicos (1919-1926) con óptimas calificaciones y el broche del doctorado en ambas disciplinas. Emitió sus votos solemnes el 23 de octubre de 1922; dos años más tarde, con el asentimiento de su santo director espiritual, Fray Antonino de la Asunción, abrazó «el voto de hacer lo que conociere ser más perfecto». Fue ordenado sacerdote el 9 de agosto de 1925.

Anhelaba ser misionero y heraldo del misterio trinitario en tierras de infieles; los superiores le orientaban al campo de la formación. Pero la Providencia tenía otro designio. En junio de 1926 se le reveló la enfermedad (tuberculosis pulmonar) que le llevaría a la tumba en Belmonte (Cuenca, España) el 7 de abril de 1927.

Sus reliquias se veneran en la Iglesia del Redentor (Algorta, España), de los Religiosos Trinitarios.

Fuente : laicadotrinitariopr.org

Venerables de nuestra Orden

Monseñor Giuseppe Di Donna

El Venerable – Obispo de Andria

 Monseñor Giuseppe Di Donna es para la diócesis de Andria el obispo del Congreso Mariano (1947), pero también del Sínodo Diocesano (1950); el cantor de la Santísima Trinidad, a cuyo culto y devoción consagró toda su vida de sacerdote, misionero y obispo; el amante de la Eucaristía y de Nuestra Señora, fuentes de su compromiso apostólico.

El ardiente evangelizador en tierras de misión (Madagascar) y en los países de la diócesis que le fueron confiados; el asceta y místico que se ofreció como víctima de expiación junto a su Señor mediante su «matrimonio con la Cruz» (26 de marzo de 1926, Viernes de Pasión, primer día de su nueva vida); el infatigable promotor de obras sociales en favor de las clases más necesitadas y modelo de caridad heroica; el diligente Pastor preocupado por la formación espiritual de su clero y defensor convencido de la necesidad del apostolado de los laicos en el ámbito religioso pero también en el social y político.

Nacido en Rutigliano (Bari) el 23 de agosto de 1901, ingresó en la Orden Trinitaria a los 11 años. En 1916 fue enviado a Livorno para hacer el noviciado y después a Roma para estudiar filosofía y teología en el Colegio San Crisógono, asistiendo al mismo tiempo a la Universidad Gregoriana.

El 18 de mayo de 1924 fue ordenado sacerdote, coronando un sueño que había cultivado desde niño. Fascinado por el ideal misionero, partió de Roma hacia Madagascar el 4 de junio de 1926 con otros cuatro miembros de la Orden Trinitaria, rumbo a Miarinarivo. Intensa fue su actividad apostólica en aquella lejana franja de tierra africana, rica en obras religiosas y civiles en favor de la población malgache.

Era su ferviente deseo permanecer en África y concluir allí su vida como misionero, cuando en 1939 Pío XII le nombró obispo de Andria. Ordenado en Roma el 1131 de marzo de 1940, entró en la diócesis el 5 de mayo siguiente. El gobierno pastoral del obispo Di Donna duró doce años y terminó con su muerte prematura el 2 de enero de 1952 a causa de una neoplasia pulmonar. El funeral fue apoteósico y el pueblo cristiano lo rezó inmediatamente como «santo».

No sólo los fieles percibieron la extraordinaria profundidad espiritual del obispo Di Donna, sino también los obispos de Apulia, que en una petición dirigida a Juan Pablo II les dieron este conmovedor testimonio: «El perfil espiritual del misionero obispo Di Donna puede resumirse en dos características sobresalientes y complementarias: una profunda vida espiritual, marcada por la fe y la devoción a la Santísima Trinidad, según el carisma de la Orden; y una auténtica caridad pastoral».

Fonte : https://www.diocesiandria.org/fra-giuseppe-di-donna/

Feliz de la Virgen, Venerable (1902-1951), modelo de vida religiosa y humildad, formador de religiosos, predicador popular.

Tomás de la Virgen, Venerable (1587-1647), consejero de papas, obispos y gobernantes, modelo de esperanza en el misterio de su dolor, hizo de su larga enfermedad un lugar de anuncio de Cristo crucificado.

Francisco Méndez Casariego, Venerable (1850-1924), fundador de la congregación de las Hermanas Trinitarias de Madrid, una vida dedicada a la liberación de la juventud necesitada.

Mariana Allsopp y Manrique (1854-1933), Venerable, cofundadora de las hermanas Trinitarias de Madrid, una vida de madre dedicada a las niñas abandonadas y sin hogar.

Mártires de Argel

P. Bernardo Monroy (1559-1622),

P. Juan de Palacios (1560-1616),

P. Juan de Águila (1563-1613).

Mártires de Inglaterra

P. Cornelio O’Connor (+ 1664),

P. Eugenio Daly (+ 1664).

Mártires de la Diócesis de Jaén (España)

(Villanueva del Arzobispo, Andújar (La Cabeza) y Martos)

P. Maríano de San José (1857-1936),

P. José de Jesús y María (1880-1936),

P. Prudencio de la Cruz (1883-1936),

P. Segundo de Santa Teresa (1891-1936),

P. Juan de Jesús y María (1895-1936),

Sor Francisca de la Encarnación Martos (1872-1936).

Mártires de Belmonte (Cuenca)

P. Luís de San Miguel (1891-1936),

P. Melchor del Espíritu Santo (1898-1936),

P. Santiago de Jesús (1903-1936),

Br. Juan de la Virgen de Castellar (1898-1936).

Mártires de Alcázar de San Juan

P. Ermenegildo de la Asunción (1879-1936),

P. Buenaventura de Santa Catalina (1887-1936),

P. Francisco de San Lorenzo (1889-1936),

P. Plácido de Jesús (1890-1936),

P. Antonio de Jesús y María (1902-1936),

Fr. Esteban de San José (1880-1936).

Siervos y siervas de Dios

SdD. (**) P. Juan de San José (1586-1616),

SdD. Angela Maria Autsch (1900-1944) + Auschwitz, trinitaria de Valencia, sierva de Dios, testimonio de caridad heroica en los campos de concentración de Ravensbruck y Auschwiz, donde murió.

SdD. María Teresa Cucchiari (1734-1801), fundadora de las Hermanas Trinitarias de Roma, (1734-1801), terciaria trinitaria, una vida dedicada a la educación de las niñas pobres.

SdD. Marcela de San Félix (1605-1687), hija de Lope de Vega, trinitaria de clausura en Madrid, de vida santa, una de las escritoras líricas más importantes de la España del siglo XVII.

SdD. Angela M. de la Concepción, Sierva de Dios (1649-1690), reformadora trinitaria de clausura, fundadora del monasterio trinitario de El Toboso, escritora mística.

SdD. Isabel de la Santísima Trinidad (1693-1774), fundadora del Beaterio de la Santísima Trinidad de Sevilla para el cuidado de huérfanos.

* Ven. = Venerable
** SdD. = Siervo y sierva de Dios